El concurso se ha cerrado

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Gracias a todos y todas por la participación. Los relatos finalistas se harán públicos en el acto de entrega del premios que tendrá lugar el día 26 de abril.

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Dibujamos un pez

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-¡Hala! Ese pez es muy difícil- dijo Pedro en la clase de Plástica.

Pedro estudiaba  4º de Primaria en el  Colegio César Augusto. Era un alumno un poco bajito –ya crecería más tarde-, con el pelo castaño y con rizos. Su nariz era respingona y tenía la cara salpicada de graciosas pecas. Se desenvolvía en la clase con total naturalidad y era muy divertido y un poco “trasto”.

Su maestra, María, levantó los ojos de la lámina que estaba observando. Estaba acostumbrada a escuchar los primeros comentarios de sus alumnos cuando les presentaba un nuevo trabajo.

-Mira,  Pedro. Creo que primero lo debes intentar. Ya os lo he dicho muchas veces: “se aprende haciendo”.

Pedro la miró y, de una forma no muy convencida, tomó el lapicero y empezó. Se percató de que no le salía exacto a la imagen que estaban visionando, pero ….

Al final se dio cuenta de que el arte tiene sentimientos, emociones, ideas y, desde luego, diferentes puntos de vista. Y todo eso lo había descubierto gracias al pez.

¡Pues no había resultado tan difícil!

La verdadera historia de David

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Por fin había llegado el gran día. Tres, tres años esperando. Alcanzaba a ver a través de la diminuta ventana del ático un horizonte de tejados, torres y edificios y un precioso cielo azul.
El cincel seguía trabajando dando los último retoques. Pero a él nadie le tenía en cuenta. Su cabeza coronada de rizos, su cuerpo perfecto, su perfecta anatomía. Sin embargo, no sonreía.
El maestro había decidido que no debía sonreir… Ya ves, pasar así a la posteridad, ¡¡como si estuviese enfadado!!
A la mañana siguiente cuando Miguel Ángel presentó su obra maestra en la catedral de Florencia, no daba crédito a lo que veían sus ojos… David ladeaba su cabeza a la par que una sonrisa maliciosa se dibujaba en los labios.

Unas notas revoltosas

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Había una vez un compositor que quería exponer una obra maestra y así sería muy famoso.
Pero, últimamente, no se le ocurría nada bueno, y decidió ir al parque, a ver si se le ocurría algo. Pero, en cambio, se encontró con una niña que estaba componiendo una canción en un cuaderno, y el músico, en un despiste, se la robó. Cuando el músico la fue a presentar, las notas de la canción, que eran muy listas, se cambiaron de lugar y cuando lo fue a presentar…
¡¡tocó una patata!!. El compositor lo volvió a intentar y fracasó y toda su fama desapareció. Él aprendió la lección y le devolvió el cuaderno a la niña. Él le preguntó que había pasado y la niña le explicó que sólo ella podía leer la partitura.

El sueño de Nadie

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Nadie está sentado, mirando por la ventanilla las diferentes calles de la gran ciudad. Se dirige a la pruebas de acceso del Conservatorio de Música con uno de los violonchelos de su padre. Está aquí porque desea tocar el violonchelo aunque sus padres no tienen ni idea de dónde está. Los padres de Nadie son luthiers, eso quiere decir que se dedican a fabricar instrumentos. Ellos quieren que él también lo sea, por eso no quieren que su hijo toque el violonchelo, quieren que construya instrumentos como ha sucedido a lo largo de la historia de su familia y se que se convirtiera en un artesano de la música. Pero él lo que quería era hacer música.

La pintura de Antolín

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En un pueblo de la Mancha había un niño muy tímido llamado Antolín, le encantaba pintar y dibujar, pero no lo hacía muy bien por eso le daba vergüenza que vieran sus artes.
En el colegio se organizó un concurso de pintura, el ganador obtenía un viaje a Disneyland París.
Todos los chicos se entusiasmaron menos Antolín, no sabía qué hacer con los nervios y se lo dijo a la maestra.
A ésta se le ocurrió la idea de darle a cada alumno una clave para que firmen su obra. De esta forma sólo ella sabrá de quién será el dibujo. Antolín se alegró mucho al saber esto y pintó uno de sus mejores dibujos.
No ganó el viaje pero poco a poco tenía menos vergüenza de que vieran sus pinturas.

Homenaje a Gabriel

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A Gabriel le gustaba pintar, se pasaba las horas dibujando y pintando. Creció y pronto el papel se le hizo pequeño, sus colores llenaban las paredes de la ciudad.
A Abel le gustaban las carreras, se pasaba el día corriendo. Creció y siguió corriendo.
Un día sus vidas se cruzaron. Sus coches se chocaron.
Gabriel esperaba en el semáforo, su maletero siempre lleno de botes de pintura. Abel corría demasiado. Gabriel nunca más pintó, ahí acabó su cuento.