La verdadera historia de David

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Por fin había llegado el gran día. Tres, tres años esperando. Alcanzaba a ver a través de la diminuta ventana del ático un horizonte de tejados, torres y edificios y un precioso cielo azul.
El cincel seguía trabajando dando los último retoques. Pero a él nadie le tenía en cuenta. Su cabeza coronada de rizos, su cuerpo perfecto, su perfecta anatomía. Sin embargo, no sonreía.
El maestro había decidido que no debía sonreir… Ya ves, pasar así a la posteridad, ¡¡como si estuviese enfadado!!
A la mañana siguiente cuando Miguel Ángel presentó su obra maestra en la catedral de Florencia, no daba crédito a lo que veían sus ojos… David ladeaba su cabeza a la par que una sonrisa maliciosa se dibujaba en los labios.

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