Autores mayores de 14 años

Dibujamos un pez

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-¡Hala! Ese pez es muy difícil- dijo Pedro en la clase de Plástica.

Pedro estudiaba  4º de Primaria en el  Colegio César Augusto. Era un alumno un poco bajito –ya crecería más tarde-, con el pelo castaño y con rizos. Su nariz era respingona y tenía la cara salpicada de graciosas pecas. Se desenvolvía en la clase con total naturalidad y era muy divertido y un poco “trasto”.

Su maestra, María, levantó los ojos de la lámina que estaba observando. Estaba acostumbrada a escuchar los primeros comentarios de sus alumnos cuando les presentaba un nuevo trabajo.

-Mira,  Pedro. Creo que primero lo debes intentar. Ya os lo he dicho muchas veces: “se aprende haciendo”.

Pedro la miró y, de una forma no muy convencida, tomó el lapicero y empezó. Se percató de que no le salía exacto a la imagen que estaban visionando, pero ….

Al final se dio cuenta de que el arte tiene sentimientos, emociones, ideas y, desde luego, diferentes puntos de vista. Y todo eso lo había descubierto gracias al pez.

¡Pues no había resultado tan difícil!

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La verdadera historia de David

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Por fin había llegado el gran día. Tres, tres años esperando. Alcanzaba a ver a través de la diminuta ventana del ático un horizonte de tejados, torres y edificios y un precioso cielo azul.
El cincel seguía trabajando dando los último retoques. Pero a él nadie le tenía en cuenta. Su cabeza coronada de rizos, su cuerpo perfecto, su perfecta anatomía. Sin embargo, no sonreía.
El maestro había decidido que no debía sonreir… Ya ves, pasar así a la posteridad, ¡¡como si estuviese enfadado!!
A la mañana siguiente cuando Miguel Ángel presentó su obra maestra en la catedral de Florencia, no daba crédito a lo que veían sus ojos… David ladeaba su cabeza a la par que una sonrisa maliciosa se dibujaba en los labios.

Homenaje a Gabriel

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A Gabriel le gustaba pintar, se pasaba las horas dibujando y pintando. Creció y pronto el papel se le hizo pequeño, sus colores llenaban las paredes de la ciudad.
A Abel le gustaban las carreras, se pasaba el día corriendo. Creció y siguió corriendo.
Un día sus vidas se cruzaron. Sus coches se chocaron.
Gabriel esperaba en el semáforo, su maletero siempre lleno de botes de pintura. Abel corría demasiado. Gabriel nunca más pintó, ahí acabó su cuento.

El sueño de Millet

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Inspirado en su cuadro El Ángelus

Millet mira incrédulo al horizonte, el sol rasga con sus primeros rayos la tierra dura, donde la gente buena trabaja desde hace horas.
Han parado. Recogidos en silencio dan gracias por los frutos que no les pertenecen, de los cuales recibirán una insignificante parte, por la que sus manos ajadas tanto han trabajado.
Esas oraciones, esa gratitud… Millet no lo entiende ¡Levantaos, luchad, no debéis nada
a nadie! … la tierra no tiene dueño…no tiene dueño…
Millet despierta con el toque del alba, nueve campanadas pausadas que producen en
él un llanto sincero y abrumador. Ahora entiende lo que su subconsciente le ha
revelado, la imagen de la verdadera dignidad humana.
El lienzo en blanco, ya iluminado, espera a que Millet le hable al mundo.

La rendición

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El padre de Clara ha decidido, contemplando a través de la ventana un cielo plomizo, ir de excursión con su hija a algún museo de la ciudad. Clara tiene cinco años y su padre opina que una lección de arte no le vendrá mal.
El padre de Clara elige un museo solemne, el Museo del Prado, y recorre las salas arrastrando a su hija, realizando comentarios que él cree ingeniosos y eruditos. En una de las galerías se detienen a contemplar una obra inmensa que representa el momento posterior a una batalla.
Los vencedores aparecen a un lado portando orgullosos enhiestas picas, mientras que al otro lado los derrotados se postran resignados. Ante tal muestra de magnificencia el padre de Clara comenta:
-Esto sí que debió ser una auténtica rendición.
Su hija, sigilosamente, se acerca hacia la cartela del cuadro y exclama orgullosa:
-¡Sí papá, es la Rendición de “Berdá”!

El pequeño ninot

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El pequeño Ninot lo observaba todo desde su privilegiado sitio en la falla, las sonrisas de la gente, de tantas nacionalidades que era imposible contarlas todas. El olor a pólvora y buñuelo, las luces de la feria…
Su padre, un viejo fallero, un artista, un artesano… un maestro. Él le dió vida y ahora disfrutaba de esos días maravillosos y de la alegría que le rodeaba.
La gente se agolpaba feliz a su alrededor, la noche era hermosa, llena de música y colores. Y vió a su padre, a la vez feliz y a la vez triste, con lágrimas en los ojos. Olió la pólvora y el calor y los sentimientos lo inundaron todo.
Y cuando abrió los ojos allí estaba de nuevo, con nueva forma pero misma alma. Y vió el rostro de su padre, como cada año, feliz e ilusionado como la primera vez.

El viejo luthier y la joven aprendiz

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El viejo Alfredo estaba trabajando en su taller. Era el último luthier de la ciudad. Allí olía a pino, abeto, nogal,….a historia. Se respiraba paz, pero también tristeza. Alfredo envejecía y veía con melancolía el fin del taller sin sucesión.
Esa mañana, apareció en la puerta, una joven con una vieja guitarra. Olimpia, que así se llamaba, no tenía dinero para arreglar su guitarra pero tenía un oído privilegiado.
Alfredo vio en aquellos ojos brillantes y en aquellas manos un potencial enorme y le propuso un trato: ella misma aprendería a arreglar su guitarra bajo su enseñanza.
La joven aceptó. Después, vino la fabricación de otros muchos instrumentos. Olimpia descubrió que tenía un don para crear verdaderas piezas de arte únicas.
La amistad y el cariño entre maestro y alumna creció y Alfredo vio con júbilo como Olimpia, continuó su legado con una delicadeza y una pasión inimaginables.