Edición 2017: Más de 14 años

Soy mi destino

Soy Samir, tengo once años, mi madre me dice entre lágrimas que sea valiente, que uno no es de donde nace, sino de donde le lleva el destino, corro deprisa por la arena, en volandas, me meten en una barcaza golpeada con fiereza por las olas que rompen en la orilla, se hace el silencio y las luces de mi ciudad ya no se ven, me quedo dormido.

Despierto con cantos y rezos, son días de cantos y rezos hasta que se ven de nuevo luces, puedo tocarlas pero el negro cielo es más rápido y el mar nos reclama, me convierto en un torbellino submarino y la luz y el ruido se desvanecen lentamente mientras inmóvil estiro mis brazos.

¡SOY VALIENTE! Y lucho….luego, lloran, ríen, gritan ¡ESTÁ VIVO! siento el calor seco del pecho que me abraza.

Soy Samir, tengo once años. Soy mi destino.

Mi viaje comienza ahora.


Musarañas

Avanzaba mayo y el sol entraba por la ventana aturdiendo los sentidos. Recorría con la mirada la habitación, que conocía de memoria,  cuando algo en la pared captó su atención. Un minúsculo agujero negro que antes había pasado desapercibido. De pronto, aquella pequeña mancha comenzó a crecer, agrietando incluso la pintura. Atónita vio como empezaba a abrirse un agujero de tamaño suficiente como para atravesarla. Se levantó de la silla y se acercó al formidable agujero. Desprendía frío y un extraño olor… Apenas se veía nada. El corazón le latía a mil por hora pero la curiosidad le pudo. A través de los cascotes se introdujo en el túnel. Apenas avanzó unos metros, oyó una voz que le resultó vagamente familiar. Hacía frío pero continuó avanzando. La voz adquiría fuerza hasta que llegó con claridad…

-¡¡SRTA. VICENTE!! , ¿¿puede decirnos dónde estaba usted ahora mismo??


El móvil

Conseguí ser el primero en subir a la nueva torre del Pilar para tocar esa campana que había donado el Conde de Aranda. De un salto me suspendí de la soga. Mientras la campana giraba y giraba —y el badajo parecía un yunque enloquecido que martilleaba en mis oídos—, me vi descender en espiral hasta el centro mismo de la Tierra.

Bajé al infierno, lo juro: aquel pequeño artefacto que metieron en mis alforjas tras jurar fidelidad al Marqués de Vodafone no cesaba en su cantinela: “¿Quién me va a curar el corazón partío?, “Yabadabadú”… Sinsentidos así. Para acallar esos sonsonetes tenía que poner el dedo en algún dibujito y entonces me prometían más gigas por menos parné, o me hacían firmar por las ballenas, o resultaba que tenía un virus… Y ese canalla llamado Facebook, empeñado en felicitarme por cumplir 281 años, cuando yo solo tengo 34.


El viaje de Hala

– Descansa Hala, mañana madrugaremos para empezar el viaje –le susurró la madre en la penumbra del cuarto.

– ¿Podré despedirme de Lina?

– Tu prima se marchó ayer con la familia de Khaled, quizá la veamos en Akcakale – respondió y le dio un suave beso en la frente.

Esa noche, la última noche que pasaría entre aquellas cuatro paredes en que se había convertido su casa tras el último bombardeo, Hala estuvo soñando con su escuela y sus amigos, Ahmad, Sara y Ghada y despertó con una sonrisa dibujada en su cara.

Antes del amanecer, sus padres en silencio, se afanaban por meter las últimas fotos en las maletas. Despertaron con mucha ternura a Hala y a sus dos hermanos pequeños, bebieron un té y emprendieron el viaje de sus vidas… o de sus muertes.

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